Hay volcanes que rugen, volcanes que duermen y volcanes que nacen. Pero pocos han tenido un testigo como Gerardo Murillo, el Dr. Atl, pintor, escritor y geólogo de pasiones volcánicas, que no solo observó el parto incandescente del Paricutín en 1943, sino que lo narró con la emoción de un padre y la pluma de un profeta. Su relato no es un informe científico ni una simple crónica de viaje: es un documento místico, estético, casi erótico de la violencia creadora de la Tierra.

 

El volcán más joven del mundo y el anciano que lo entendió

Paricutín no existía antes del 20 de febrero de 1943. Literalmente. Surgió como una grieta en el maizal de Dionisio Pulido, un campesino de San Juan Parangaricutiro, que aquella tarde escuchó un susurro hondo, como si el suelo empezara a hablar en voz baja. Lo demás es historia ardiente: temblores, cenizas, fuego. En pocas horas, el campo se convirtió en un infierno vertical.

Pero mientras muchos huían o rezaban, el Dr. Atl se puso las botas, el cuaderno en mano, y caminó hacia el infante volcánico como quien va al encuentro de un dios recién encarnado.

Atl no fue un visitante casual. Ya desde joven se había obsesionado con el movimiento de las placas, el aliento telúrico, el arte que nace del caos. Años antes, había perdido una pierna observando la actividad del Popocatépetl. Podría decirse que dejó un miembro en nombre del magma. Así que cuando el Paricutín irrumpió, él no fue como un turista ocioso, sino como un iniciado que reconocía el signo.

Un volcán que se escribe solo
En su libro Cómo nace y crece un volcán. El Paricutín, publicado en 1943 (¡el mismo año de la erupción!), Atl nos da algo más que datos. Nos da metáforas. El volcán es un niño que grita, un demonio que danza, una flor de fuego que se abre con violencia poética. La lava no es solo roca fundida: es «una lengua roja que lame con furia la piel de la Tierra».
Sus crónicas tienen algo de testamento y algo de testigo. Atl se instala semanas en la zona, duerme cerca del cráter, anota con frenesí. A veces describe las nubes de ceniza como si fueran pinceladas negras sobre un lienzo de cielo. Otras veces compara el rugido del volcán con un órgano barroco tocado por la furia. ¿Exagera? Por supuesto. Pero en su exageración hay más verdad que en cien artículos científicos.
Antítesis en erupción: la ciencia y la épica
Lo más fascinante del relato atliano es cómo se mueven en él fuerzas opuestas. De un lado, el rigor de un geólogo que mide, anota, registra temperaturas, observa los ciclos eruptivos con ojo casi clínico. Del otro, un artista que escucha a la montaña, que habla del “corazón del mundo latiendo a cielo abierto”.
La paradoja es esta: cuanto más exacto quiere ser, más místico se vuelve. Y cuanto más místico, más precisa se hace su verdad emocional. En Atl, ciencia y arte no se neutralizan: se potencian como los polos de una tormenta eléctrica.
Paricutín, Atl y el mito de lo mexicano
No es casualidad que un volcán nazca en un maizal. Ni que un artista que se hizo llamar con un nombre náhuatl—“Atl” significa “agua”—haya sido su cronista. En esa coincidencia casi literaria se condensa una idea poderosa: México como tierra que explota, que sangra, que se transforma por dentro mientras el mundo la mira desde fuera con miedo o fascinación.
El Paricutín sepultó pueblos enteros bajo su lava. Hoy, la torre de la iglesia de San Juan emerge entre las rocas negras como una advertencia gótica. Pero también nos dejó algo más: la certeza de que todavía hay nacimientos salvajes, milagros geológicos, belleza en la devastación.
Y si el volcán fue el acto, Atl fue la palabra. Sin él, quizá Paricutín sería solo un dato en los libros de geografía. Con él, se convierte en una epopeya telúrica, en un recordatorio de que la Tierra tiene alma… y que a veces se le antoja parir.

Patzingo
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